
¿Cómo convertir la evidencia científica en decisiones reales?
Con la Dra. Alma Cristal Hernández Mondragón
Escrito por Eduardo Rojas Prado
28 de julio, 2026
Resumen de contenido
La relación entre la ciencia, la sociedad y las políticas públicas enfrenta un reto constante: la distancia entre la creación del conocimiento y su aplicación real en la comunidad. Aunque la evidencia científica ofrece herramientas valiosas para resolver problemas complejos, suele quedar aislada por lenguajes técnicos, tiempos burocráticos lentos y barreras institucionales. Esta brecha no solo limita el impacto de la investigación, sino que también resta precisión y eficacia a los gobiernos al momento de responder a las demandas sociales.
En el centro de esta discusión se encuentra la metáfora de un puente roto entre la ciencia y la sociedad. Esta ruptura no se debe únicamente a una falta de comunicación, sino a una diferencia profunda entre sus formas de pensar, prioridades y dinámicas de trabajo. Mientras la ciencia avanza mediante el método, la evidencia y la especialización, la política opera entre urgencias, negociaciones e intereses diversos; por su parte, la ciudadanía demanda soluciones concretas y fáciles de comprender. Cuando estos tres sectores no logran conectar, el conocimiento pierde impacto y las políticas públicas se diseñan sin el respaldo técnico necesario.
Para comprender este problema, es necesario distinguir entre "ciencia para la política" y "política para la ciencia". La primera consiste en utilizar la evidencia científica para mejorar las decisiones en áreas como salud, clima, energía, pobreza o seguridad. La segunda se refiere al entorno que hace posible el desarrollo científico, es decir, presupuestos, leyes, instituciones, formación académica y reconocimiento profesional. Ambas dimensiones son interdependientes: sin políticas que fortalezcan la ciencia, la investigación se debilita; y sin ciencia que aporte a la política, las decisiones públicas pierden respaldo técnico y visión de futuro.
El valor social de la ciencia no se limita a la publicación académica ni al debate entre especialistas, sino que surge cuando se transforma en orientación concreta para resolver problemas públicos. En este proceso, el asesoramiento científico es clave. Su objetivo no es sustituir a los gobernantes ni imponer visiones técnicas sobre la política, sino ofrecer evidencia clara y contextualizada. La tarea consiste en delimitar problemas complejos, integrar enfoques interdisciplinarios, sintetizar hallazgos y presentarlos en formatos útiles para la toma de decisiones en escenarios de alta incertidumbre.
La evidencia útil no surge de acumular datos sin orden, sino de convertir una preocupación ciudadana en una pregunta de investigación bien estructurada. Solo así la ciencia puede aportar diagnósticos, rutas de acción y prioridades que fortalezcan la gestión pública.
El asesoramiento científico también exige un enfoque interdisciplinario, ya que los problemas públicos nunca pertenecen a una sola área del conocimiento. Por ejemplo, la calidad del aire involucra especialidades como salud, toxicología, economía, sociología, urbanismo y gestión pública. De igual forma, el cambio climático entrelaza las ciencias naturales con la ingeniería y la gobernanza ambiental, mientras que la salud pública requiere de saberes biomédicos, sociales y territoriales. Ninguna perspectiva aislada es suficiente; la verdadera fuerza de la ciencia aplicada a la política radica en integrar estos distintos saberes, contrastarlos con el contexto local y transformarlos en información accesible para la toma de decisiones.
En este proceso, la confianza resulta un factor indispensable. El impacto de la ciencia no depende únicamente de la solidez de la evidencia, sino de la credibilidad que los tomadores de decisiones atribuyen a quienes la presentan. Esta confianza se construye con tiempo, consistencia y cercanía; no basta con entregar un documento impecable si no se percibe una utilidad inmediata en ese insumo.
El asesoramiento científico no puede depender únicamente de esfuerzos aislados; requiere consolidarse como una función reconocida, profesionalizada y respaldada por las instituciones. La experiencia internacional demuestra la viabilidad de este enfoque. Los países que han establecido oficinas, consejos o sistemas formales de asesoría científica disponen de mejores herramientas tanto para responder con agilidad ante situaciones de crisis, como para anticipar problemas antes de que se vuelvan inmanejables. Cuando la ciencia cuenta con un espacio institucional en el debate público, las decisiones pueden respaldarse en evidencia desde su planeación original y no solo cuando la emergencia ya ha estallado.
En este proceso, la comunicación estratégica es fundamental. Los artículos científicos cumplen una función importante dentro de la academia, pero rara vez resultan útiles para quienes necesitan tomar decisiones con rapidez. En su lugar, los documentos breves, claros y bien estructurados logran un mayor impacto. El mensaje central debe colocarse al principio, donde realmente pueda leerse y aprovecharse. El formato y la extensión de un documento no son detalles menores, ya que determinan si la evidencia llega a su destino o se pierde entre tecnicismos y lecturas inaccesibles. Asimismo, la incidencia en la política pública exige reconocer límites y especializaciones.
No todo investigador debe convertirse en comunicador, asesor, divulgador o intermediario. Exigirle a la ciencia que cubra todas estas funciones de forma simultánea termina por sobrecargarla y debilitar su labor principal. En su lugar, existen perfiles profesionales específicos dedicados a tender puentes entre el conocimiento y la sociedad; estos roles merecen reconocimiento, formación académica y espacios propios. La comunidad científica gana cuando acepta que necesita aliados especializados para amplificar su impacto.
Por otra parte, la relación con la ciudadanía requiere una mirada igualmente amplia. La legitimidad de la ciencia no proviene únicamente de su rigor metodológico interno, sino de su capacidad para dialogar con problemas reales y personas concretas.
En contextos de crisis, la ciencia suele ganar visibilidad porque la urgencia abre espacios para escucharla; sin embargo, el objetivo no puede ser actuar únicamente bajo emergencias. La conexión con la ciudadanía debe construirse de forma previa, mediante una comunicación clara, una utilidad percibida y una participación sostenida. Cuando la sociedad comprende que el conocimiento ayuda a proteger la salud, prevenir daños o mitigar riesgos, la relación se fortalece y la incidencia se vuelve más efectiva.
El futuro del conocimiento no depende únicamente de producir más resultados, sino de aprender a transformarlos en acción pública, en aprendizaje colectivo y en decisiones mejor informadas. En resumen, los puntos clave son:
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Vincular directamente la ciencia con los problemas reales de la comunidad.
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Fomentar la interdependencia mutua entre una política que requiere evidencia y una ciencia que necesita financiamiento y marcos institucionales.
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Traducir preguntas amplias en problemas bien delimitados para lograr un asesoramiento científico efectivo.
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Construir confianza y credibilidad como base de cualquier relación con la toma de decisiones.
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Consolidar mecanismos estables y permanentes para evitar que la incidencia dependa de esfuerzos individuales.
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Diseñar documentos breves, claros y directos que resulten verdaderamente útiles para los gobernantes.
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Profesionalizar la comunicación como una tarea que exige perfiles especializados.
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Desarrollar alianzas sólidas entre la comunidad científica, las estructuras públicas y la ciudadanía.
La transformación de la relación entre la ciencia y la vida pública depende de la construcción de puentes reales, sostenibles y útiles. La evidencia por sí sola no transforma la realidad; requiere ser traducida, escuchada e integrada en estructuras institucionales que garanticen su continuidad. La ciencia con verdadero impacto no es aquella que permanece aislada en su propio lenguaje, sino la que logra convertirse en un instrumento de orientación, prevención y construcción colectiva.
Fortalecer el vínculo entre el conocimiento y las decisiones gubernamentales es una tarea urgente para diseñar políticas públicas más sólidas, pertinentes y responsables. Reconocer el valor de la evidencia como el eje para actuar de manera eficiente puede marcar la diferencia ante los complejos desafíos que hoy enfrenta nuestra sociedad.
Declaración de no conflicto de interés: El autor declara que este documento se realizó con fines estrictamente académicos a partir de un episodio/entrevista. Ni el redactor ni la doctora invitada presentan relaciones financieras, institucionales o políticas que generen un conflicto de interés o influyan en las conclusiones.
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