
Reclamar la esperanza
Emiliano Hersch González
19 de agosto, 2026
Recientemente fui invitado a acompañar algunos procesos del Plan de Adaptación al Cambio Climático desde la Salud Ambiental (PACCSA) del departamento de Antioquia, en Colombia. Se trata de un plan increíblemente ambicioso de diagnóstico y movilización colectiva para hacer frente a los impactos del cambio climático, haciendo uso del mayor recurso que tiene la región: su gente. En vez de un ejercicio vertical de implementación, el PACCSA ha apostado por movilizar la participación social en cada una de las subregiones del departamento, entendiendo que su población ya observa las problemáticas, le importan y tiene propuestas, y, por tanto, el desarrollo de sus capacidades y el intercambio de conocimientos es la mejor manera de construir procesos a largo plazo y blindarlos frente a vaivenes políticos.
Por eso me resultó tan sorprendente escuchar, durante una de las actividades, a una de las jóvenes coordinadoras expresar su desesperación ante la magnitud del reto climático. Un viaje reciente a Europa le había recalcado la inmensidad del consumo masivo de los europeos. Tan solo un viaje en avión para llegar allá genera alrededor de 2 kg de basura y 2 toneladas (¡toneladas!) de dióxido de carbono por pasajero. Además, la urgencia de la crisis climática ni siquiera pasa aún por la cabeza de la mayoría de las personas, y, si bien la gente percibe el impacto rutinario de las dos caras de la crisis planetaria (la climática y la de inequidad), la extrema derecha ha sido mucho más efectiva en movilizar el sufrimiento social, redireccionándolo a través de narrativas de agravio fuera de las causas estructurales y hacia el odio por quienes son percibidos como diferentes.
Así pues, la colega se sentía embargada por una profunda desesperanza. ¿Y cómo no? Yo mismo me he sentido así varias veces. En realidad, la creencia en el colapso se ha ido instalando en nuestras narrativas sobre el futuro desde hace ya un par de décadas. Lo verdaderamente raro es encontrar a personas que crean en un futuro esperanzador. Sin embargo, yo creo que en los últimos años algo ha cambiado un poco dentro de mí. Curso y recurso las cinco etapas del duelo porque el deterioro de la naturaleza y el sufrimiento humano son dolores recursivos, pero, aunque no soy optimista, tengo esperanza.
La navidad pasada me regalaron un libro de ensayos del filósofo Byung-Chul Han. Entre ellos, hay un ensayo sobre la esperanza. En él cita al escritor y político Václav Havel, quien, encarcelado por el régimen comunista checoslovaco, escribió lo siguiente desde prisión: “La esperanza (…) no es lo mismo que la satisfacción por que vayan bien las cosas (…), sino más bien la capacidad de trabajar por algo porque es bueno. (…) La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga. (…) Esta esperanza es lo que nos da fuerzas para vivir y para volver a intentar algo una y otra vez, aunque las condiciones ahí fuera sean tan desesperadas como, por ejemplo, las de aquí dentro”.
En otras palabras, la esperanza es, fundamentalmente, una fe en el futuro. A diferencia del optimismo, no es creer que las cosas "van a salir bien". No, las cosas no van a salir bien porque sí. La esperanza no es una fe en lo que va a pasar, sino una fe en lo que puede pasar. Es una declaración de posibilidad. Creer en que las cosas van a salir bien o mal es irrelevante, lo importante es que la posibilidad puede materializarse, y esa búsqueda por convertir posibilidad en realidad da sentido a nuestras vidas. En palabras del propio Byung-Chul Han, “la esperanza nos infunde una fuerza para actuar y para ver que ni la razón ni el entendimiento podrían darnos. Agudiza nuestra atención hacia lo que aún no es, lo que aún no ha nacido (…). Es matrona de lo nuevo. Sin esperanza no hay inicio ni revolución, no hay futuro. Solo hay un presente optimizado.” Lo que nos ofrece el capitalismo y sus narrativas del futuro es esa optimización del presente (con la IA como su última iteración), y, por tanto, la esperanza, la fe en lo nuevo, es su antítesis.
Entonces, si estamos convocados a trabajar por la Salud Planetaria, como ocurre en el contexto del PACCSA, la primera pregunta que tenemos que hacernos es, ¿hay esperanza? ¿Cuál? Si la Salud Planetaria ha de cumplir su aspiración de transformar la realidad, tiene que empezar por ofrecer una posibilidad. La posibilidad precede a la acción, de lo contrario es simulación. ¿Cuál es la narrativa del futuro posible que nos ofrece la Salud Planetaria? ¿Cómo la construimos?
Para mí, la esperanza que va implícita en la noción de Salud Planetaria es la fe en que, a pesar de nuestro poder para destruir, también tenemos, dentro de nosotros, la posibilidad de resolver nuestras contradicciones y aprender a usar nuestras cualidades para el cuidado de la Tierra y de la Vida. Y que, de hecho, ese cuidado es nuestra labor cósmica. Todo lo que he aprendido refuerza esta convicción. Por supuesto, el cuidado requiere atención, y creo que la mayor parte de los daños que hacemos al planeta y a los demás no son por incapacidad o por maldad, sino por desatención, por descuido. Pero creo que la capacidad de atención a lxs otrxs se puede desarrollar.
Por otro lado, creo que buena parte de la desesperanza que nos han inculcado proviene del hecho de que han logrado convencernos de la imposibilidad de modelos alternativos al capitalismo con tanto éxito, que, como dice Mark Fisher, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Pero yo creo que existen planteamientos actuales de modelos socioeconómicos alternativos al capitalismo y articulados en torno al cuidado que no solo son deseables, sino también completamente viables, sustentados en planteamientos teóricos, evidencias científicas y experiencias colectivas exitosas. En particular, concuerdo con Winne van Woerden en que, si bien la Salud Planetaria responde al qué, las discusiones actuales en torno al decrecimiento ofrecen la respuesta más clara en torno al cómo. Los retos, por tanto, son políticos, morales, de conocimiento, de articulación de la colectividad, pero no de posibilidad. La condición de posibilidad existe. Y por tanto, lo que hay es mucho trabajo por delante.
Trabajo que, hoy en día, personas alrededor de todo el mundo estamos tratando de llevar a cabo. Entre ellas, la joven coordinadora del PACCSA y todas sus colegas. Un movimiento como el suyo, involucrando cientos de personas a lo largo de miles de kilómetros de territorio, la mayor parte de ellas de manera voluntaria, no surge sin una convicción en las posibilidades del futuro. Y a mí, ser testigo de esa convicción me regala, nuevamente, motivos de esperanza.




Enlaces de interés
https://climaysaludenantioquia.com/
https://www.gandhi.com.mx/la-tonalidad-del-pensamiento-9786075697314/p
https://www.bbc.com/mundo/noticias/2011/12/111218_perfil_vaclav_havel_rg
https://www.bbc.com/mundo/vert-tra-47985857
https://latam.casadellibro.com/libro-realismo-capitalista-no-hay-alternativa/9789871622450/2995192